Desde La Ciénaga

"Piensan locamente que crean con sus manos, sin comprender que ni siquiera saben hacer manos." El Mensaje Reencontrado, Louis Cattiaux.

EL “NUEVO HOMBRE” (Concepción, gestación y nacimiento) - Ibn Asad

Escrito por Desdelacienaga 05-07-2017 en Ibn Asad. Comentarios (0)

¿Acaso el Novus Ordo Seclorum podría arrojar una culminación concreta e identificable de su trabajo? Esta exposición comenzó tomando como punto de partida al ser humano (Capítulo 2), más aún, a su propio cuerpo como expresión más concreta y formal del mismo. No podría ser de otra manera al abordar el Novus Ordo Seclorum: el ser humano es el principal protagonista –pasivo, pero principal- de la historia de un proyecto que siempre dejó bien claras sus intenciones. Es el “ser humano” –o con más propiedad, “lo humano”- lo que se intenta “erradicar”, “superar”, “educar”, “mermar”, “controlar”, “potenciar”, “transformar”, “innovar”, “mejorar”, “evolucionar”… y así lo expresan todos los ideólogos modernos, aunque se presenten con diferentes sesgos y posturas. Todos comparten una insatisfacción hacia “lo humano”, que proyectan en un anhelo de futuro en el que ubicar su personal fantasía de una “nueva humanidad”. Así piensan en ello y así lo expresan: el “nuevo hombre”. Expresar el anhelo por lo “nuevo”, ya denota que lo “antiguo” aborrece. Para ello, las ideologías modernas colocan ese anhelo siempre en un futuro, basándose en la falaz y reciente noción de “progreso”. Todo progreso se circunscribe a una escala útil que –también por utilidad- se estructura con valores de medida. Por lo tanto, todo “progreso” pensado para el ser humano dirá seguir una trayectoria de “menos a más”: de “menos emancipado a más emancipado” (marxismo), de “menos adaptado a más adaptado” (darwinismo), de “menos evolucionado a más evolucionado” (eugenesia), de “menos transcendido a más transcendido (transhumanismo)”… Y así, usando lo humano y despreciando su principio esencial, se elucubran teorías varias apoyadas en confusiones substanciales e investigaciones empíricas. Pero quizá antes de entrar en pormenores de algunas de estas teorías, habría que plantearse una cuestión muy pertinente: ¿Qué problema tienen los modernos con el ser humano para dedicarle tanta energía? 

¿Por qué esa necesidad de hacer del ser humano otra cosa diferente a lo que él actual y efectivamente es? ¿Qué urgencia es esa porque el hombre “evolucione”? La respuesta a estas preguntas resumiría todas las ideologías modernas: porque la modernidad no se interesa en lo que el ser humano es, sino en lo que para qué puede resultar de utilidad. Lo que interesa a todo “humanismo” moderno se reduce al servicio que el ser humano puede ofrecer en un proyecto, generalmente “social” o “político”. La modernidad ignora y desprecia lo que es el ser humano, y esta ignorancia se extiende a todos sus dominios. ¿Qué proyecto sería ése en el que el ser humano resulta ser un útil? Un proyecto que niega el valor cualitativo de lo humano; el proyecto infrahumano. Es por ello por lo que todas las falacias modernas dependen de un “progreso” en el tiempo. Si se trata de negar lo que el ser humano es esencialmente (es decir, lo que él fue, es y será eternamente), se necesita una coartada temporal para postergar algo que siempre ha sido. Es por ello por lo que se busca y anuncia un “nuevo hombre”; porque la esquizofrenia moderna necesita una actualización del “acto” de un ser. ¿Es esto una locura? Completamente. El “acto” (en su sentido aristotélico) supone ser lo que un ser es actualmente (en nuestro caso, el “acto” es “lo humano”). Tan sólo un monstruo puede pretender actualizar lo que ya supone ser un acto. Esta satánica pretensión sólo puede situarse en un tiempo lineal, o con más exactitud, en un segmento de ese tiempo lineal especialmente dado a las fantasías: el futuro. Sin embargo, el “nuevo hombre” de la modernidad no sólo supone ser una loca teoría fantástica, sino que también resulta ser una lamentable praxis que han sufrido los seres humanos en los últimos doscientos años. Mientras los teóricos modernos expresan la esquizofrenia luciferina con “novedades”, los seres humanos sufren en su cuerpo la puesta en práctica de dicha locura. Esa es la sigilosa y pérfida estrategia contra-tradicional: hundir al hombre alegando intentar levantarlo, pisar su cabeza con pretexto intelectual, acabar con lo humano en nombre de lo humano. Marxismo, colectivismo, maltusianismo, evolucionismo, darwinismo social, socialismo, maquinismo, neoconservadurismo, comunismo, nazismo, estalinismo, ambientalismo, maoísmo, ecologismo, internacionalismo, transhumanismo, futurismo… toda ideología moderna, después de aplastar al ser humano, se justifica diciendo: “Lo hemos hecho por tu bien; y por el bien de todos.” (Aquí “bien” en realidad quiere decir “mal”; aquí “todos” quiere decir una abstracción de rebaño irreal que los modernos llaman “sociedad”) Precisamente por todo esto, “lo social” es el contexto científico en donde se ha concebido el monstruoso concepto que, al nacer, culminaría la “Gran Obra” del Novus Ordo Seclorum: el “nuevo hombre”. 

Con vistas a dicho nacimiento abortivo, será aquí expuesta en primer lugar su concepción. Concepción del “nuevo hombre”: la ideología moderna Si el ser humano se define por su esencia, el único cambio que puede darse en lo esencial será siempre cualitativo. En palabras más claras: lo único “novedoso” que se puede encontrar en un “nuevo hombre” es precisamente la ausencia de humanidad. Imaginemos esto: algún matemático desorientado anuncia la existencia de un “nuevo número tres”. ¿Qué posibilidades hay de que este “nuevo número tres” sea un fraude basado en una falacia matemática? Todas las posibilidades. Lo humano nunca podrá ser “nuevo”, lo que sí resulta ser nuevo - ¡novísimo!- es el concepto de “nuevo hombre” teorizado por “pensadores” modernos. La pasión por la novedad constante es recentísima, y ésta se hace “científica” a través del “evolucionismo” propio de toda concepción científica moderna. De nuevo, es el siglo XIX el contexto histórico donde se concibe el término “nuevo hombre” como objetivo de un trabajo llevado a cabo a través de las diferentes ramas científicas: social, biológico, económico, tecnológico, químico, eugenésico… Por lo tanto, a pesar de que los más entusiastas apologistas del “nuevo hombre” hablen de su origen en Pico della Mirandola, Leonardo Da Vinci, Francis Bacon, Descartes… ¡o incluso en el San Pablo neotestamentario!, el “nuevo hombre” es una elucubración rabiosamente moderna. Es más, el concepto de “nuevo hombre” no es sino la secularización completa de lo humano hecha “ideología”. Esta ideología común de la modernidad es la que permite abordar al “nuevo hombre” desde prácticamente todos los filósofos decimonónicos (pues prácticamente todos fantasearon sobre él). Quizás la expresión más cruda y carente de complejos sea la de Friedrich Nietzsche, en cuya apasionada obra más invocaciones al “nuevo hombre” se pueden encontrar, todas aspirantes a un futuro “no verificado todavía”. El “nuevo hombre” nietzscheriano sería un “superhombre”, es decir, etimológicamente algo por encima de lo que tanto aborrecía el dionisiaco pensador europeo: “lo humano”. “Lo humano” se presenta para el espíritu nietzscheriano como algo superable, desdeñable, y valorado negativamente como “demasiado humano”. El “nuevo hombre” nietzscheriano es, en definitiva, el “nuevo hombre” de la modernidad, y múltiples ideologías del siglo XX lo reivindicarán explícitamente, como por ejemplo, el nazismo. Sin embargo, aunque Nietzsche firma la concepción más carnal, poética y violenta del “nuevo hombre”, existirán otras expresiones que delatan mejor – incluso, racionalmente- la falacia de las ideologías modernas. 

¿Qué mejor manera para comprobar el fraude científico del “nuevo hombre” que a través de una patraña que se define como “humanismo científico”? Otro filósofo alemán que se hartó de fantasear con el “nuevo hombre” fue Karl Marx, que –de nuevose preocuparía obsesivamente por un hombre que “puede ser mejorado”. (Resulta divertido comprobar que tipos a los que les gusta hablar de cosas nuevas sean tan poco originales: Marx, Nietzsche y una lista inacabable de filósofos europeos comparten terminología de lo humano basada en la novedad) Por esa “preocupación por lo humano”, Marx desarrolla un explícito “humanismo marxista”. Esta teoría se presentará falaz desde la base misma (y dicha falacia se manifestará infernalmente con las praxis que se fundamentarán en ella). El humanismo marxista parte de una supuesta “esencia humana” que se invierte reduciéndose a lo social; para Marx, “la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de sus relaciones sociales.”. Con esta definición de la “esencia humana”, Marx deja claras sus intenciones: “lo humano” supone ser -ante todo- una cuestión social. Para esta ideología, el hombre moderno supone ser el resultado del entorno social en el que vive, y este hombre se desarrolla a través de su relación con ese entorno. El proceso de “desarrollo humano” se expresa a través del concepto marxista de “trabajo”. Sin embargo, ¿qué ocurre para que el trabajo actual no desarrolle la humanidad de ninguna manera, sino más bien lo contrario? ¿Qué pieza no encaja en la máquina de la dialéctica histórica marxista? Marx resuelve la cuestión tomando de la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel, una voz que redefine para dar sentido a su teoría: “enajenación”. El “trabajo” no desarrolla al hombre porque éste vive “enajenado” en una “sociedad deshumanizada” (por cierto, Marx toma prestado este concepto –“sociedad enajenada”- de su coleguita Feuerbach) ¿Por qué “el trabajo pierde su función social”? Marx argumenta que debido a un sistema de producción –el capitalista- basado en la “propiedad privada” (Así, el marxismo produce un dualismo –“capitalismo y comunismo”- que sería en el futuro muy útil para el proyecto infrahumano). El chivo expiatorio que toma la falacia marxista supone ser la “propiedad privada”. En palabras más claras: el hombre vive “enajenado” en una “sociedad deshumanizada” porque los “medios de producción” son “propiedad privada”. Se trata de “superar” ese capitalismo a través de una “revolución” que rompa esa “propiedad privada” de la producción y sus medios. Pero entonces, ¿quién se adueñará de esos “medios de producción”? Respuesta: la sociedad. ¡Ajá! ¡Qué gran idea, Carlitos! ¿Qué es eso de “sociedad”? Una abstracción que no puede poseer nada, porque ella no es nadie. ¿Quién representará entonces a dicha sociedad a efectos prácticos y concretos? Un “partido”, una “élite política”, un grupo de poder, o en palabras más claras… los de siempre. 

Y ese es el concepto clave no sólo del marxismo, sino de todas las patrañas ideológicas modernas: el colectivismo. Este concepto se lleva a la práctica con la “socialización”, y tiene como fin la total uniformidad del ser humano. El ser humano es utilizado para el “bien” de un colectivo muy dudoso y sospechoso. Ese supone ser el ideal del “nuevo hombre” del Novus Ordo Seclorum: el miembro de una sociedad “socializada”. ¿Sociedad “socializada”? ¿No es eso un sinsentido? ¡Claro! Y no sólo un sinsentido, sino una criminal gilipollez. Por lo tanto, se inventa un telón de palabras para disimular la ceguera moderna: comunismo, leninismo, fabianismo, socialismo, darwinismo social, estalinismo, nazismo, izquierdismo, laborismo, fascismo, maoísmo, socialdemocratismo, existencialismo, evolucionismo, revolucionismo, transhumanismo… (la lista no tendría fin). El “nuevo hombre” sería el miembro de una sociedad “ideal” (comunista, capitalista, socialista, nazi, democrática, tecnocrática… como se les antoje llamarla). El propio Marx definió al “nuevo hombre” como “el ciudadano en posesión de un alto desarrollo político, estético y moral.” Fíjese que la “novedad” humana moderna se reduce a “lo político” (¡Qué horror!), a “lo estético” (¡Qué horror!) y a “lo moral” (¡Qué horror!). A lo largo de todo el siglo XX, el “nuevo hombre” será el reclamo propagandístico de los estados comunistas, estados fascistas, estados nazis, estados socialistas, de los estados democráticos, de los estados dictatoriales… en definitiva, de todos los estados modernos. Esto resulta importante: aquí se ha expuesto la concepción del “nuevo hombre” desde el sistema dialéctico que lo articula –digamos- “científicamente”, es decir el marxismo; sin embargo, el “nuevo hombre” será el concepto (o mejor que concepto, “imagen”) que acuñarán todas las ideologías modernas. Todas: busquemos en los archivos de propaganda del leninismo, pero también en los textos de los pensadores de la Sociedad Fabiana; busquemos carteles en ruso exaltando al “nuevo hombre”, y veamos carteles de la Alemania nazi con los mismos mensajes; busquemos documentación de los departamentos propagandísticos estalinistas, y comprobemos las mismas referencias en la Italia fascista, la España franquista, la República Francesa, en el Reino Unido, en la Cuba castrista, en la China maoísta, en el gobierno federal norteamericano de Barack Obama… El “nuevo hombre” asociado al símbolo invertido del “amanecer”, del “sol naciente”, o del “lucero del alba”, supone ser el vehículo de imposición del error de toda la modernidad. Se repite peligrosa y obsesivamente: los comunistas y los capitalistas, los sindicalistas y los industriales, los demócratas y los republicanos, los nacionalistas europeos y los europeístas, los laicistas y los neo-espiritualistas, los ambientalistas, los existencialistas, los nihilistas, los ecologistas, los new-age, los internacionalistas, los anarquistas, los fascistas… todos, todos, todos han hecho, hacen (y probablemente seguirán haciendo) referencia ideológica propagandística alrededor del “nuevo hombre” con el “nuevo amanecer”, el “sol naciente” y el “alba”. Se comprobará en el día a día del mundo moderno, año por año, década por década, siglo por siglo. Toda esta imaginería ilustra lo siguiente: la concepción del “nuevo hombre” no es tal. Ni siquiera ya sería una “concepción”, sino más bien un útil icono arrojadizo. Tampoco sería un símbolo (a no ser invertido), sino una “imagen”, y por lo tanto refleja, vacía en esencia, falsa con respecto al nombre que encierra: la humanidad. Nada nuevo se puede hacer de un principio inmutable. De la misma forma que nadie puede enunciar una “nueva verdad”, tampoco nadie puede concebir con propiedad un “nuevo hombre”. Sólo a través de una inversión de los principios tradicionales se puede expresar esa falsa concepción fantasmal. El “nuevo hombre” como falaz concepción moderna supone ser –como siempre que se trata de algo moderno- una inversión de un principio tradicional. Necesariamente tenemos que dar algunas generalidades sobre dicho principio del que se sirve la inversión doctrinal del Novus Ordo Seclorum. 

El Hombre Universal como principio tradicional: Como ya se ha visto, el “nuevo hombre” del Novus Ordo Seclorum resulta ser “nuevo” porque está insertado en el tiempo lineal (recuérdese Capítulo 1). De hecho, la visión de “humanidad” (no sólo en el marxismo, sino en todo pensamiento moderno) se define a sí misma como “histórica”. Peor aún: el “nuevo hombre” se proyecta útilmente en un futuro siempre inmediato (tan inmediato como la zanahoria colgada que sigue un burro). Eso basta para saber que ese “nuevo hombre” no es un principio, pues los principios (en su sentido metafísico), no están circunscritos al tiempo, son preexistentes, y –no sobra decirlo- prescinden de hacerse novedosos. Todas las tradiciones (repetimos incansablemente: todas las tradiciones) expresan un principio metafísico de humanidad, que conformaría la esencia (“esencia” en contraposición a “substancia”), el “nombre” (en sánscrito, nama), “lo humano” dentro del ser humano. Por lo tanto, estamos hablando del principio que haría posible la manifestación humana, tanto en toda su vasta visión integral, como en la parcial perspectiva de cada individuo humano. Se trata –con todo rigor- de un principio, el “principio de lo humano”, y casi todas las tradiciones lo expresan – cada una en su lengua sagrada- como “El Hombre Universal”. Para que el moderno lo entienda mínimamente, diremos que este Hombre Universal no es una “abstracción” (tal y como a los psicólogos les gusta decir), como tampoco es una “idea” (no en su sentido filosófico moderno). El “Hombre Universal”, en lenguaje occidental, sería un “inteligible” al modo que se entendía en ciertas corrientes de filosofía clásica. Y siendo un “inteligible”, sería mucho más que eso. El Hombre Universal aparece ya explícitamente en la tradición extremoriental más antigua, y su contenido doctrinal se extiende integralmente por todas las tradiciones. Incluso, desde una perspectiva histórica, la “última” expresión tradicional, el Islam, guardaría ese principio no sólo en su contenido inmaculado, sino con su misma expresión formal, es decir, “El Hombre Universal”, en árabe, “Al-Insan Al-Kamil”. El Hombre Universal fue un principio de suma importancia en doctrinas esotéricas extremorientales (es decir, lo que se acostumbra a llamar taoísmo), de la misma manera que Al-Insan Al-Kamil es un principio de suma importancia en doctrinas esotéricas musulmanas (es decir, lo que se acostumbra a llamar sufismo, cuando se podría llamar con más propiedad “tasawwuf”). Poco importa en árabe, en griego, en sánscrito, en hebreo, en pali, en arameo, en chino o en otra expresión humana, el Hombre Universal es –desde y para siempre- un principio metafísico esencial, no afectado por los accidentes substanciales, y por lo tanto fuera del dominio temporal. No es ni necesita ser “nuevo”, de la misma forma que tampoco es viejo: es un principio tradicional, y su expresión se apoya en dicha tradición inmutable en esencia (sanatana-dharma), y adaptable bajo formulaciones efectivamente autorizadas. 


En la expresión indoaria, el Hombre Universal se correspondería a Manú, el cual no es un “hombre mítico” (al modo que lo interpretan los orientalistas modernos), como tampoco un hombre histórico, o peor aún, una “leyenda”. El Manú hindú o manava sería el principio del hombre que expresa no sólo su cualidad como tal, sino su lugar en el equilibrio cósmico que se designa como dharma. La “ley de Manú” no sería una “ley social”, ni un “derecho”, ni algo comparable a una “legislación” como la entiende el moderno (tal y como hizo el tonto de Nietzsche en su “El Anticristo”). Sería la ley regente entre el cosmos y el hombre. Quien transmite esa ley –y la expresa según las circunstancias- es el manava (literalmente, “el que posee la facultad mental, manas” -en inglés, manen definitiva, el hombre) En ciertas expresiones pertenecientes a lo que se acostumbra a llamar el tantrismo, el Hombre Universal se expresaría con términos como mahavira, mahayogui, purusha, shiva, adinath… todos ellos corresponden –según el contexto- a ese mismo Hombre Universal. En muchas de esas expresiones, este principio es “descompuesto” en teorías que estructuran su integridad en siete niveles. Esos mismos siete niveles son los mismos (con algunas diferencias de expresión secundarias) que los siete niveles que la Cábala (o mejor escrito, Qabbalah) articula en la doctrina del Adam Kadmon, que no sería otra cosa que el “Hombre Universal”. Más adelante, nos apoyaremos en la autoridad de estas dos expresiones tradicionales (el Tantra saiva expresado en sánscrito y la Qabbalah del pueblo sefardí expresada en hebreo) para exponer –y denunciar- la inversión del principio aquí tratado. Por ahora, estas generalidades sirven para demostrar lo que este libro ya ha demostrado una y otra vez: el Novus Ordo Seclorum no es más que una inversión paródica de la tradición primordial. Todos los principios verdaderos son deformados, pisoteados y finalmente invertidos en su contenido para expresar una útil impostura: la doctrina luciferina de la modernidad. Todo en ella es falso, todo en ella es enfermo. Nada en ella es verdadero, nada en ella es humano. Por ello, la “novedad” que este proyecto esquizofrénico propone al ser humano es romper con su cualidad que lo da nombre. Esa supone ser la invertida pretensión del Novus Ordo Seclorum con respecto a lo humano. Carácter anti-tradicional del “nuevo hombre”: Esa concepción “social”, “secular”, “histórica”, y “evolutiva” de toda ideología moderna, supone ser la torpe inversión del principio universal, atemporal, esencial y sagrado de lo humano. Se trata –por lo tanto- de una agresión al ser humano y a su tradición, y así se presentarán todas las concepciones modernas: rabiosamente antitradicionales. Zbiegniew Brzezinski, un repugnante politólogo con pretensiones de filósofo futurista moderno lo dejó bien claro a lo largo de su obra “The Technotronic Era” en 1972: “La era tecnotrónica involucra la aparición gradual de una sociedad más controlada. Tal sociedad será controlada por una élite no contenida por los valores tradicionales.” La última frase de esta cita delata la contradicción de la infrahumanidad: ¿”Valores no tradicionales”? ¿Qué valores son esos? El progresista (y el propio Brzezinski) responden: “son valores nuevos”. Nosotros contestamos: si son “nuevos” no son valores; son valores impostores, valores impuestos, valores sin valor. El “control de la sociedad” moderna se impone no por el “valor” (muchos menos el humano), sino por la cobardía y la impostura de la fuerza infrahumana. 

Este carácter anti-humano (también anti-tradicional, pues serían términos casi sinónimos) se evaluará con más precisión con la gestación de dicho engendro. Si la concepción del “nuevo hombre” se expresó en la visión histórica de la filosofía moderna, su gestación se llevará a cabo a través de la visión evolutiva de la ciencia moderna. Si la concepción del “nuevo hombre” fue una teoría social, su gestación se perpetuará a través de técnicas sobre el mismo individuo humano. Si la concepción del “nuevo hombre” es la abstracta falacia que da pretexto de existencia a la ideología progresista, la gestación del “nuevo hombre” necesitará de las aplicaciones tangibles de la modernidad: la tecnología. Gestación del “nuevo hombre”: la tecnología transhumanista Para el proyecto moderno, las “concepciones teóricas” (lo que ellos llaman inapropiadamente “filosofías”), son “abstracciones” (así dicen) que tienen sólo validez si arrojan algo tangible, concreto y práctico. En efecto: el “nuevo hombre” no es sólo la elucubración de todo pensamiento moderno, sino que también es algo que se está gestando, que se está produciendo técnicamente. Ya en el Capítulo 3, se citó a Charles Darwin, que formuló la base de toda concepción científica moderna, a saber, el “evolucionismo”. Pues bien, el “evolucionismo” será la falaz progresión biológica donde se insertará la gestación del “nuevo hombre”. También se leyó en ese mismo capítulo, que el primo de Charles Darwin, Francis Galton, concibió una “nueva ciencia” que busca “acelerar” dicha “evolución” en el ser humano. Veamos: el científico moderno no sólo se atreve a teorizar una “evolución” en base a una progresión cuantitativa en una escala caprichosa que determina qué es “mejor” o “peor” en el ser humano, sino que también se atreve a actuar técnicamente para “acelerar”, “mejorar”, “controlar” dicha falaz evolución. ¿Pero cómo acelerar un proceso que no existe? Las herramientas técnicas de toda esta locura serán las tecnologías, y dichas tecnologías (también, “nuevas”) son los medios de gestación del “nuevo hombre” conceptual visto en el apartado anterior. 

Por lo tanto, si se gesta un “nuevo hombre”, el “antiguo hombre” (es decir, el de hoy) será un mero pasaje de tránsito evolutivo. Ese “tránsito” entre lo humano no deseado y el “post-humano deseable”, será lo que los mismos ideólogos modernos futuristas designarán como “transhumanismo”. El biólogo y eugenista Julian Huxley parece ser que fue el primero en utilizar dicho término – transhumanismo-, aunque tampoco hay que prestar especial atención a los neologismos modernos que cambian y se renombran según las circunstancias. A fin de cuentas, el transhumanismo se define a sí mismo (“The Transhumanism FAQ”, 1999), como “el movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y el deseo de mejorar fundamentalmente la condición humana a través de la razón aplicada.”. Si se vuelve atrás en el libro, y se lee la definición galtiana de eugenesia del siglo XIX (Capítulo 3), no se encontrarán muchas diferencias: “mejorar la condición humana” supone “mejorar o menoscabar” los aspectos “indeseables” de la misma. ¿No es así? ¿Por qué toda esta gente parece ser la misma y dicen lo mismo a lo largo de más de cien años? Pues porque son la misma gente: el primo de Sir Francis Galton, Charles Darwin, fue amigo y colega académico del miembro de la Sociedad Eugenista, Sir Thomas Henry Huxley, que fue el abuelo de Julian Huxley, que utilizó por primera vez la palabra “transhumanismo”, y que fue hermano de Aldous Huxley, autor del clásico futurista, “Brave New World”, que supondrá ser un referente literario clave del “futurismo” de todo el resto de siglo XX. Se trata de una misma gente con una misma premisa: la ciencia aplicada al servicio de la “evolución” del ser humano; en definitiva, intervenir activamente en “una mejora” de la condición humana, es decir, hacer un “hombre nuevo”, no ya sólo como “ideal social” (como se vio anteriormente), sino como individuo concreto que aspira a nacer como “posthumano”. Y así lo llaman: “post-humano”. Según el ideólogo transhumanista Raymond Kurzweil, “la evolución biológica es muy lenta para la especie humana”. Esta cita delata algo bastante sospechoso: cuando un “proceso” se valora como lento, sólo se puede hacer con respecto a la previsión de culminación de dicho proceso, o con referencias temporales con otro proceso paralelo. ¿Por qué tanta prisa “evolutiva”? Hay que llegar a tiempo a una cita: el nacimiento del “nuevo hombre”.


¿Qué herramientas se tienen para gestar ese requisito? La tecnología, o con más precisión, las “nuevas tecnologías”. El transhumanismo aboga por una sinergia científica alrededor de la “superación de lo humano”. ¿Dónde va a ubicarse el origen de esta “comunidad científica” autodenominada “transhumanista”? ¿Se recuerda la región del mundo donde irrumpía el cuerpo infra-material expuesto en el Capítulo 2? En los países occidentales. ¿Se recuerda en qué país con mayor explosión? En Estados Unidos. ¿Se recuerda incluso en qué ciudad de manera más horrorosa? En Los Angeles, la capital del cine, de la industria del sexo, de los neo-espiritualismos, de la onda pop de los beatniks, los hippies, The Doors, del satanismo, de la cirugía plástica, de Beverly Hills, del Showbusiness, del bodybuilding, del origen del SIDA… Los primeros científicos autodenominados “transhumanistas” se arremolinarán alrededor de la Universidad de California, en la década de los sesenta y setenta. Allí, un tipo que se hizo llamar FM-2030 (ése es su nombre; no es un dial de radio, ni un computador) hace apología de “nuevos conceptos de lo humano”, y un buen puñado internacional de científicos lo respaldarían. Sin embargo, no será hasta la revolución tecnológica de los ochenta cuando el transhumanismo se organiza con diligencia a través de la formación de fundaciones privadas, organizaciones no gubernamentales, organismos internacionales, departamentos universitarios, y –sobre todo- institutos con asombrosos presupuestos como el Foresight Institute o el Expropian Institute. Las nuevas técnicas de las aplicaciones científicas se conjugan para “trascender la condición humana”: biotecnología, informática, nanotecnología, bioquímica, criónica, neurocirugía… todo interesa al transhumanismo si puede hacer de lo humano, algo “más que humano”, tal y como dijo Ramez Naam. Con el desarrollo de las tecnologías se aspira sin ningún tipo de complejo a “cambiar la naturaleza fundamental de los seres humanos” (así anunció recientemente Raymond Kurzweil, en “The singularity is near”). Con la llegada del siglo XXI, el transhumanismo se repliega y se concentra en WTA (World Transhumanism Association, fundada en 1998), una importante, poderosa y multimillonaria fundación –definida como “filantrópica” y “científica”- que está claramente vinculada, no sólo a muchos departamentos universitarios de Estados Unidos y Europa, sino también a grupos de massmedia (reléase Cap. 13), editoriales, corporaciones tecnológicas… y a Google, y a la Bill & Melinda Gates Foundation, y a la Rockefeller Foundation, y a la NASA… ¡y al Departamento de Defensa de los Estados Unidos! A través de nombres como Nick Bostrom o David Pearce se puede comprobar que el transhumanismo no es (sólo) una pretensión de un grupo de científicos chalados; es una amenaza en la que están envueltos grupos financieros internacionales, grandes corporaciones, departamentos de defensa y grupos de poder privado. Actualmente existen múltiples programas de investigación transhumanista en las diferentes ramas técnicas (biotecnología, nanotecnología, neurotecnología…) Quizá el programa con implicaciones más profundas sea el abierto por las teorías y trabajos de Marvin Minsky y Hans Moravec, que pretendería “transferir la personalidad a un sustrato no biológico”, es decir, un soporte informático. Así, se aspira “con muchas posibilidades de éxito” a fusionar la “consciencia” (o lo que la confundida psicología moderna llama así) con el hardware informático, tal y como expone el académico transhumanista Sandberg Anders en su obra “Uploading”. ¿Se puede introducir lo que los psicólogos llaman inapropiadamente la “personalidad de un ser humano”, en un soporte informático? Los científicos transhumanistas responden: “Sí, se puede. Y estamos trabajando en ello.” La fusión cerebro-hardware supondría el éxito de la cibernética desde una doble perspectiva: hombres con componentes informáticos en su estructura biológica, y computadoras con “consciencia” y “personalidad” al modo humano que define la psicología moderna. 


Así, la neurotecnología, la biotecnología, la biónica darían pie –en efecto- a una “nueva” forma de vida, que plantearía problemas inéditos hasta ese momento. Pero el transhumanismo no sólo se queda ahí. El “nuevo hombre” de la gestación tecnológica moderna no sería sólo un ciborg al que hay que esperar para ver en un futuro, mientras colocan chips a sordos, ciegos, ancianos y enfermos mentales. Existe una corriente transhumanista paralela a la biónica de Eric Drexler y otros, que piensa que el “post-humanismo” se alcanzará no tanto con la biotecnología informática (es decir, los “hombres-computadora”), sino con la ingeniería genética, o con una combinación de ambas (tal y como el propio Kurzweil defiende). Según Gregory Stock, el post-humano se alcanzará con la modificación de los genes antes de que el ser humano nazca. Desde esta perspectiva, se modificaría la estructura genética para “mejorar el nacimiento”. “Modificar los genes para mejorar el nacimiento”, es decir, para garantizar un “buen nacimiento” supone ser la misma etimología de la palabra “eugenesia”. ¿Coincidencia etimológica? No sólo las palabras coinciden. Se puede seguir el rastro dejado por la eugenesia de principios del siglo XX (científicos, universidades, fundaciones…), y encontrar los mismos nombres propios en la vanguardia genética del siglo XXI. Este rastro común se puede ilustrar con rotundidad con los patrocinadores de estas investigaciones. ¿Quién hizo posible la Eugenics Record Office en 1910? La familia Rockefeller. ¿Quién hizo posible la primera Conferencia Internacional de Eugenesia en Londres? La familia Rockefeller. ¿Quién hizo posible los viajes de eugenistas norteamericanos a la Alemania nazi? La familia Rockefeller. ¿Y quién hizo y hace posibles los programas de ingeniería genética, la vanguardia reprogenética del siglo XXI, o el infame “Programa Genoma”? La familia Rockefeller. La eugenesia y el transhumanismo genético es una única y misma cosa, no sólo en su etimología, no sólo en sus definiciones y conceptos, sino también en la comunidad científica, política y financiera que es responsable de ella. Sin embargo, como la vanguardia científica del siglo XXI quiere evitar a cualquier precio toda relación con la palabra que designaba a la vanguardia científica de principios del siglo XX (es decir, la eugenesia) se inventan otra palabra para salir del paso: “reprogenética”. Entonces, se les puede hacer la pregunta: “¿Ustedes no son los mismos tipos a sueldo del mismo jefe que desarrollaron la eugenesia?”. Y ellos responden: “No, es que esto no es eugenesia. Es reprogenética, ¿entiendes?” Esta desfachatez permite que estas cuestiones no trasciendan públicamente, y de  hacerse públicas, es por medio de una abyecta divulgación científica apoyada en un massmedia propagandístico que se vanagloria de los “adelantos de la ciencia” y de las “maravillas tecnológicas”. Mientras el hombre moderno se queda con la boca abierta leyendo revistas de divulgación científica, viendo documentales de TV por cable, comentando videos científicos en youtube, nadie se atreve a decirle lo que están haciendo con él sin su consentimiento. Nosotros tenemos valor para decírselo: Están haciendo una cosa nueva que finaliza la función del ser humano. ¿Cuál es la materia prima para fabricar esa cosa? Tú. Nos hacemos cargo de lo difícil que es digerir todo esto, sobre todo después de haber sufrido una profunda programación mental a través de las distorsiones malintencionadas del cine de ciencia-ficción de Hollywood, los comics, la “cultura pop” (¡existiría hasta un ciber-punk!), la música electrónica, los videojuegos de Sony Playstation y Nintendo… Sin embargo, así es, y así está siendo: el “nuevo hombre” del proyecto de la fuerza infrahumana se está gestando por medio de las aplicaciones neo-tecnológicas. Ya existen y están divulgados chips minúsculos que se inyectan y operan bajo la piel humana. Ya existen y están divulgados dispositivos nanotecnológicos de funcionamiento microscópico que funcionan en el organismo humano. Ya existen y están divulgados soportes biotecnológicos integrados en enfermos y discapacitados varios. Ya existe y está divulgada la posibilidad tecnológica de la modificación genética de “niños a la carta”. Ya existe todo esto, y aun con todo, no es sino una ínfima parte de la actual amenaza a la cualidad humana. Un referente “filósofo” de este infame transhumanismo –quizá el más importante-, el ya citado Ray Kurzweil, vaticina una singularidad tecnológica que irrumpiría –según él- en algún momento de la primera mitad del siglo XXI, y que –literalmente- “cambiará la naturaleza fundamental de los seres humanos”. Si esto fuera cierto, el “nuevo hombre”, sin ser “hombre”, nacería –en efecto- como algo “nuevo”. ¿Pero es posible el nacimiento del “nuevo hombre”?
 

Imagen y Encaje

Escrito por Desdelacienaga 26-05-2017 en Alegórica-mente. Comentarios (0)

Imagen y Encaje

Lo que es correcto para alguien
No es correcto para nadie
Lo correcto És
Más allá del alguien y del nadie.
El conflivto llega cuando alguien
Choca su visión de correcto con la visión de otro alguien.
Nadie choca contra nadie
En el mejor de los casos
Nuestra visión de lo correcto
Es una ínfima y parcial parte
De Aquello que es correcto.
El conflicto nace
Por querer hacer absoluto lo relativo.
Sabio es
Saber que somos porción
Como una pieza de puzzle
Que aunque lleve la imagen total en Sí
No puede abarcarla separada de ella.
Un puzzle acompaña a las piezas
Con la imagen total
La Tradición es esa imagen
Y su relación con las piezas
La modernidad
Tiró la caja del puzzle al suelo
Esparció las piezas y les escondió la imagen
De la que proceden
Y la que forman en su unión
Y finalmente, pretende
Implantar una imagen alternativa
Paródia de la original
Y al fin, imposible
Pues las piezas son su imagen
Su encaje es único como ella
La imagen es las piezas
Su unión es única como Él.


Se viste curioso

Escrito por Desdelacienaga 04-03-2017 en Alegórica-mente. Comentarios (0)

Se viste curioso

Es curioso como la debilidad

Se viste de fortaleza

Es curioso como la cobardía

Se viste de valor

Es curioso como la falsedad

Se viste de incontenible sinceridad

Es curioso como la envídia

Se viste de devoción

Es curioso como la avarícia

Se viste de sentido común

Es curioso como el odio

Se viste de heroísmo

Es curioso como la ira

Se viste de coraje

Es curioso como el hambre voraz

Hambrienta en sí misma

Se viste de deseo

Es curioso como la huída

Se viste de esfuerzo

Es curioso como el egoísmo

Se viste de libertad

Es curioso como el comercio

Se viste de amistad

Es curioso como la muerte

Se viste de progreso

Es curioso como la autoestima

Se viste de humildad

Es curioso como la ignorancia

Se viste de profecía

Es curioso como la perversión

Se viste de rectitud

No es curioso como la rectitud

No se viste de nada.


El Sistema del Anticristo

Escrito por Desdelacienaga 04-03-2017 en Autores. Comentarios (0)

Charles Upton

La Globalización y el Gobierno Mundial no son, en mi opinión, el Sistema del Anticristo, aunque se cuenten entre los factores que harán dicho régimen posible. Creo que el sistema del Anticristo emergerá -está, de hecho, emergiendo- del conflicto entre el Nuevo Orden Mundial y el abanico de reacciones militantes contra él.

En la época de Jesús, el Gobierno Mundial era el Imperio Romano. Los zelotes eran los revolucionarios antirromanos. Jesús tuvo cuidado de no hacer declaraciones que pudieran comprometer la causa de los zelotes y hacerle aparecer como colaborador de los romanos, pero también se relacionó con centuriones y agentes de Roma, como los recaudadores de impuestos judíos, escandalizando a muchos patriotas hebreos. Surgió del pueblo llano, oprimido tanto por Roma como por las clases dominantes coloniales judías que hacían el trabajo sucio a ésta, y denunció a esos sectores -escribas, fariseos, saduceos y herodianos- que hacían causa común con el Imperio, en tanto no dijo una palabra contra los zelotes y los esenios. Pero no se identificó con la "vanguardia" violenta que actuaba en nombre del pueblo. Podemos decir, por tanto, que, por las mismas razones que Cristo evitó ser identificado tanto con el Imperio Romano como con sus oponentes activos, deberíamos ser cuidadosos y no identificar estrictamente al Anticristo ni con el Gobierno Mundial ni con el terrorismo antiglobalista. Ambos proporcionarán el escenario del que emergerá; pero, tal como Cristo evitó ser reivindicado por ningún partido porque su misión redime no sólo a los judíos, sino a toda la humanidad, el Anticristo, para edificar su poder sobre todos los aspectos del alma humana, en los últimos días "jugará en ambos lados contra el centro". El Anticristo, en otras palabras, no es principalmente enemigo de la democracia o la independencia nacional, sino de la humanidad en sí, considerada como creada a imagen y semejanza de Dios. En su más profunda esencia, la batalla entre Cristo y el Anticristo no es entre libertad y tiranía (aunque el Anticristo no pueda entrar allá donde existe la verdadera libertad), ni entre los cuerpos religiosos tradicionales y la sociedad secular (aunque el campo de este conflicto pueda, al menos en algunos casos, estar más próximo a la guerra real), sino entre la sagrada presencia de Dios en el corazón humano y la sacrílega violación de esa presencia: "Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que entienda), entonces, los que están en Judea, huyan a los montes..." (Mt 24: 15-16). 

Al socavar y comprometer a todas las formas religiosas, la globalización se halla en vías de destruir todas las culturas tradicionales y nacionales. Pero oponerse sin más a todo plan y acción a escala global resulta también problemático. La irónica verdad es que, puesto que tenemos el globalismo, necesitamos globalismo. Si el negocio es internacional, las uniones deben también ser internacionales, o los salarios podrían eventualmente descender en todas partes por debajo del nivel de subsistencia. Si las epidemias son globales, los programas de sanidad pública deben cruzar las fronteras nacionales. Si la contaminación es global, los esfuerzos para limitarla deben ser globales. Si el crimen es global, la policía debe serlo también. Si las naciones "emergentes" y las bandas terroristas desarrollan armas de destrucción masiva, deben hacerse intentos para limitar su proliferación. No tenemos otra elección que tratar de gobernar la tierra a escala planetaria. Pero la lucha para conseguirlo está produciendo resultados ambiguos. Si, para consolidar su dominio, los poderes existentes pueden manipular el ecologismo, los programas de salud pública, la pacificación por la fuerza y la guerra contra el crimen internacional, el terrorismo y el tráfico de drogas, lo harán. O, más bien, lo hacen. Quien se oponga al esfuerzo por salvar el medio ambiente, cortar el tráfico internacional de drogas o limitar la amenaza del terrorismo nuclear estará trabajando contra los mejores intereses de la Tierra y de la humanidad. Pero aquel que se identifique con dichos esfuerzos o ponga sus esperanzas en ellos, se engañará. La tierra no puede ser gobernada a escala planetaria, porque las fuerzas del globalismo que aspiran a ese gobierno (...) son las mismas que están en primer lugar creando estos problemas. La extensión global de la industria y la explotación de los recursos -orginada y en la actualidad, pese al interludio comunista, dirigida por el capitalismo transnacional- son el origen de la degradación medioambiental. Destruyendo las economías de subsistencia tradicionales y proletarizando el trabajo (con la enorme ayuda de la brutal colectivización de la agricultura a costa de decenas de millones de vidas en la Rusia y la China comunistas), explotando la mano de obra barata y amenazando las identidades culturales religiosas, las propias fuerzas del capitalismo global han creado el tráfico subterráneo de drogas, armas, especies animales en peligro, esclavos... Todos, monumentos al espíritu empresarial. Posiblemente, sólo un Gobierno Mundial podría limitar el poder destructivo de estas fuerzas económicas internacionales. Pero, cuando tal gobierno emerja, si es que lo hace, incluso aunque pueda tener alguna influencia mitigadora sobre los desastres globales, lo hará como agente de estas fuerzas, no como su adversario.

La política es el arte de lo efímero. Todo lo valioso para el hombre obtenido a través de la acción política es temporal, ambiguo y corruptible. Esta es la naturaleza del tiempo y de la historia, su esencia misma. La lucha por la justicia social o por salvar el medio ambiente es encomiable. Toda persona que logre evitar ser derrotada por las circunstancias y no llegue a convertirse en un explotador y un opresor de otros es una bendición para la especie humana. Cada especie que pueda ser salvada de la extinción permanece como un incomparable espejo de un único aspecto de la naturaleza Divina, y, puesto que no podemos saber con certeza si el fin de este Eón supondrá o no la total destrucción de la vida en la Tierra (incluso la de toda vida humana -cuanto sabemos es que será el fin para "nosotros"), puede -o no- engrosar la biodiversidad en reserva para el próximo ciclo de manifestación terrestre.

Pero la batalla contra el Anticristo se emplaza en un nivel distinto. Aunque para algunos pueda incluir una vertiente política, es esencialmente espiritual. "Mi reino no es de este mundo". Es una lucha por salvar no el mundo, sino el alma humana, empezando -y terminando, si procede- por la propia.

*****

De acuerdo con Apocalipsis 20: 7-8: "Cuando se terminen los mil años, Satanás será soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar". Según El Apocalipsis de San Juan: un comentario ortodoxo, del Arzobispo Averky de Jordanville, el significado de Gog en hebreo es "reunión" o "alguien que se reune", y el de Magog "exaltación" o "alguien que exalta". La palabra "exaltación" me sugiere la idea de trascendencia como opuesta a la de unidad; "reunión", la de unidad como opuesta a la de trascendencia. La relación de esta asociación es que una de los profundos engaños del Anticristo en los últimos días del ciclo será situar estos dos aspectos integrales del Absoluto en oposición entre sí en la mente colectiva y a una escala global -en "los cuatro extremos de la tierra". En cuanto a la expresión política y económica de esta estéril polaridad satánica, la falsa cohesión de la tiranía izquierdista, así como el actual capitalismo global, caerían bajo Gog, en tanto el falso jerarquismo de la tiranía de derechas y el absolutismo violento de los varios movimientos separatistas "tribales" -tanto étnicos como religiosos- opuestos al globalismo advendrían bajo Magog. En términos de religión, esas teologías liberales, historicistas, evolucionistas, cuasimaterialistas y criptopaganas que enfatizan la inmanencia de Dios como opuesta a Su trascendencia son parte de Gog, en tanto las teologías reaccionarias que exaltan la trascendencia sobre la inmanencia, miran al mundo material como un valle de lágrimas, denigran el cuerpo humano y contemplan la destrucción de la naturaleza con indiferencia (si no con aprobación secreta, puesto que lo mejor que podemos esperar es olvidarnos de todo), son parte de Magog. El conflicto entre ambas es precisamente la falsificación satánica del auténtico conflicto entre el Rey de Reyes y Señor de Señores y la Bestia con su falso profeta descrito en Apocalipsis 19: 11-20. Quienes puedan ser atraídos con engaños a una guerra fraudulenta entre elementos que deberían reconciliarse, porque son en esencia partes de una misma realidad vista en un espejo distorsionador, no oirán la llamada a combatir en la verdadera guerra entre fuerzas que ni deberían ni podrían reconciliarse: las de la Verdad y la Mentira (Nota: el Globalismo, por cuanto suministra el escenario para la emergencia de esa "jerarquía invertida" de que hablara Guénon, contiene también la semilla de Magog, en tanto el tribalismo, como herencia común de cuantos están excluidos de la élite global, sostiene la semilla de Gog: en los últimos días, ningún partido, clase ni sector puede mantener su estabilidad ideológica por largo tiempo; la "velocidad de contradicción" se acerca a la de la luz).

En un mundo profundamente polarizado entre el Gog del globalismo sincretista y el Magog del "tribalismo" exclusivista (una palabra -"tribalismo"- que está empezando a denotar lo que solía llamarse "nacionalismo" o "patriotismo" o "fidelidad a la propia religión"), la Unidad Trascendente de las Religiones representa claramente un camino del medio, una tercera fuerza, al menos en el campo religioso. Se opone tanto al universalismo de las élites globalistas como a la autoafirmación violenta de las "tribus" oprimidas y marginadas por dichas élites. Quizá esta es una de las razones por las que grupos e individuos que sostienen esta doctrina han sido sometidos a ese inmenso grado de presión física que algunos observadores en los suburbios de la escuela tradicionalista, como yo mismo, no podemos dejar de advertir. Es razonable conjeturar que nada gustaría más al Anticristo que subvertir y desacreditar a los tradicionalistas, dado que la Unidad Trascendente de las Religiones es una de las pocas visiones del mundo que posiblemente podrían alzarse en el camino del conflicto estéril y terminal entre globalismo y tribalismo que es la tónica de su "sistema" en la arena social.

Si todas las alternativas posibles a la lucha entre globalismo y tribalismo desaparecen de la mente colectiva, el Anticristo habrá ganado. Puede usar el globalismo político y económico y el universalismo de una "espiritualidad mundial" para subvertir y oprimir todas las religiones integrales y las culturas religiosas, forzándolas a estrechar sus visiones y violar la totalidad de sus propias tradiciones como reacción contra ello. Puede conducirlas a excesos terroristas e intolerantes que les harían parecer bárbaras y obsoletas a ojos de aquellos que se debaten entre una identificación global o una tribal y, al mismo tiempo, lanzar a todas al cuello de las demás. Unir para oprimir; dividir y conquistar.

Bajo este prisma, podemos apreciar que el exclusivismo de la Cristiandad conservadora y/o tradicional es su mayor fuerza a la vez que su mayor debilidad. Lo mismo podría decirse, con ciertas reservas, del judaísmo y el Islam. El exclusivismo de estas religiones abrahámicas las permite encastillarse conscientemente frente al sistema del Anticristo. A la Cristiandad, por su "espíritu de catacumba" y su habilidad -derivada en última instancia del monasticismo- para edificar fortalezas espirituales frente el mundo. Al Islam, por el hecho de que dar-el-Islam continúa siendo el mayor bloque de humanidad que, en parte y aunque a niveles muy variados, está aún social y políticamente organizado en torno a la Revelación Divina, como lo estuvieron la Europa Medieval y el Imperio Bizantino. Por otra parte, su propio exclusivismo ha impedido a estas religiones -salvo en contados casos- hacer causa común contra el universalismo globalista y el secularismo. Permanecen vulnerables a las tácticas de "divide y vencerás" del sistema del Anticristo, una fase que -si damos crédito a especulaciones teológicas tradicionales como las contenidas en Las últimas cosas, de Dennis Engleman- bien podría ser el preludio de otra posterior de "une y oprimirás", de capitulación de los exhaustos exclusivistas, anhelantes del fin de un conflicto sin fin, ante el universalismo satánico del Anticristo.

Según Las últimas cosas, el Anticristo se revelará en Jerusalén y se proclamará Rey de los Judíos; la nación judía, así como muchos cristianos, le aceptará. Desde la perspectiva islámica, sin embargo, cualquier regente mundial que fuera inicialmente Rey de los Judíos y al que después se sometieran los cristianos sería reconocido de inmediato y universalmente como el Anticristo. A menos que el Islam tradicional e incluso el Islam fundamentalista vayan virtualmente a desaparecer, es inconcebible que semejante figura pudiera animar a los musulmanes a aceptarla como el Mahdi o el Jesús escatológico. Por tanto, si las predicciones recopiladas por Engleman son en algún sentido exactas, está de hecho presentando como escenario escatológico más probable una masiva apostasía de judíos y cristianos que dejaría únicamente a los musulmanes al tanto de quién es realmente el Anticristo, y listos para presentarle batalla. ¿Cómo, entonces, podría el Anticristo emerger como un verdadero monarca global, aunque satánico? Quizá sea la oposición militante de un Islam desacreditado a ojos del resto del mundo a un "salvador" admirado casi universalmente lo que termine por consolidar el poder de éste. Me apresuro a decir que esto no es de ningún modo una predicción. ¡Dios me libre! Estoy simplemente permitiéndome imaginar varios escenarios basados en las cualidades de autocontradicción e ironía terminal que son la tónica de todas las fuerzas históricas en estos últimos días.

*****

El Gobierno Mundial en ascenso muestra muchos signos de ser el anunciado régimen del Anticristo. Pero esto, como ya he puntualizado, no es tan simple, pues las fuerzas "tribales" en reacción contra el globalismo son en última instancia parte del mismo sistema. De acuerdo con uno de los muchos escenarios posibles, las fuerzas satánicas operantes en el fin del Eón serían muy capaces de establecer un Gobierno Mundial sólo para construir el escenario necesario para la emergencia del Anticristo como gran líder de una revolución mundial contra ese gobierno, que, si triunfara, sería el verdadero Gobierno Mundial. También el martirio del Anticisto a manos de tal gobierno podría constituir un deliberado e incluso escenificado autosacrificio, farsa escénica de la muerte de Cristo y conducente a una resurrección fraudulenta. No estoy sosteniendo que esto vaya a suceder; no estoy pronosticando. Sólo quiero puntualizar que para edificar su poder -excepto el en último Conflicto Mesiánico, llamado en Apocalipsis Armageddon, que es iniciado y concluido por Dios mismo-, el Anticristo, como falsa manifestación de la universalidad Divina, tendrá la capacidad de usar a todas las partes en todos los conflictos, incluyendo uno global...

*****

Observando la situación, resulta muy chocante advertir que, aunque ocupadas por fuerzas profundamente diferentes, en la Palestina de hoy existen las mismas "encajaduras" sociopolíticas que hace dos mil años, en los días de Jesús. El gobierno israelí está donde estaban entonces los escribas y fariseos. Los militantes palestinos ocupan el lugar de los zelotes. Estados Unidos y/o la ONU pueden representar al Imperio Romano. Y la posición única de Jesus, en la cruz o cruce donde todas las fuerzas contemporáneas convergen, es ahora ocupado por Yasser Arafat, crucificado en los cuernos de cada contradicción... Pero Arafat, ciertamente, no es Jesús. En ningún sentido trasciende la condición que ocupa; no es más que una marioneta de dichas fuerzas.

Jesús de Nazareth estaba profundamente al tanto de la situación política. Al nivel humano, debía estarlo. Esto no significa, desde luego, que fuera una especie de revolucionario político; de hecho, una cierta sapiencia política le era necesaria para, simplemente, evitar verse forzado a tomar partido a favor o en contra del partido del Templo en su alianza con Roma, a favor o en contra de los zelotes... en un mundo donde se suponía que todos tenían que hacerlo y, en apariencia, todo se precipitaba inexorablemente hacia la revuelta judía de 66 d. C. Por ejemplo, cuando sus oponentes le desfiaron a responder en público si era o no legal pagar impuestos a Roma, creyeron tenerle en sus manos. Si hubiera respondido: "Sí", habría perdido a sus seguidores en el sector zelote, que, puesto que interpretaban el tributo como un acto de la adoración al emperador establecida oficialmente en algunas provincias romanas, lo consideraban una blasfemia contra Yah-weh, especialmente porque el denario romano en que se pagaba el tributo, por llevar la imagen del emperador, era visto por los zelotes como un ídolo, una "imagen de piedra". Habría perdido también su autoridad moral para criticar a los escribas y fariseos que habían llegado a un compromiso con el gobierno colonial romano. Habría sido incluido en el partido de las autoridades del Templo, al menos a ojos del pueblo, lo que le habrían aislado de los zelotes y los esenios. Si, por otra parte, hubiera respondido: "No", habría sido identificado sin más con los zelotes, y habría perdido contacto con su más amplia audiencia. Se habría también visto expuesto a un arresto prematuro o una posible acusación de sedición. Su muerte, pues, no habría significado más que la de, digamos, alguien como Barrabás. Como tantos otros miles, habría muerto como un rebelde "unidimensional" contra Roma, y habría sido olvidado.

Su elección de un camino que sortea las trampas de esta contradicción sociopolítica representa una pieza maestra de "sublimación", y puede darnos una clave de cómo evitar ser incorporados a conflictos falsos o estrechamente definidos y andar -por el contrario- la senda que conduce a la verdadera guerra. Primero, pidió que alguien de la multitud le diera la moneda del tributo, demostrando así que no tenía monedas, que era uno de los "pobres" -en árabe, fuqara, el plural de fakir, que es sinónimo de sufí- a quienes venía a predicar la "buena nueva", y también que la moneda "idólatra" en cuestión circulaba libremente. En segundo lugar, al preguntar: "¿Qué imagen es esta?" - a lo que se le respondió: "La del César"- se estaba distanciando de los zelotes al demostrar claramente que la moneda no podía ser un ídolo, por la sencilla razón de que el César no era Dios, por lo cual uno podía dar al César lo que es del César sin cometer blasfemia. Al mismo tiempo, estaba diciendo, en efecto, que distribuir la imagen del pequeño falso dios de ningún modo era adorar, sino que podría incluso ser un acto de condescendencia por parte de los judíos, que conocían y adoraban al Dios Viviente. Su autopercepción y su privilegiada posición como el Pueblo Elegido no podía en ningún sentido ser violada por seguir la corriente al narcisismo de esos autotitulados césares. Por tanto sin un maravilloso grado de sapiencia espiritual y política, Jesús habría inevitablemente sido incluido en el conflicto político, y su misión habría fracasado (esta, por supuesto, es la situación vista desde el punto de vista de la humanidad de Jesús: desde el punto de vista de Su Divinidad, Su misión, ordenada por Dios; no podía fracasar). Y esta lección sobre cómo evitar verse demasiado involucrado en conflictos políticos prematura y estrechamente definidos que comprometen la percepción espiritual y la disposición a atender la verdadera llamada de Dios tiene también su lado esotérico, como una "parábola activa" de cómo ir más allá de los pares de opuestos y realizar el Absoluto. En la interpretación de los cristianos ortodoxos orientales, "lo que es del César" es el peso de la moneda en oro, y "lo que es de Dios", la forma en ella lacrada del ser humano, creado a imagen y semajanza de Dios. Nuestras vidas pertenecerán siempre, eternamente y de edad en edad, a Dios. Es por esto que, en la resurrección, puede nuevamente "encarnarse" en una substancia gloriosa e incorruptible. La lección es: no es nuestra vida lo que debemos proteger del Anticristo -como ciertos supervivencialistas claramente creen-, sino nuestra forma. En los últimos días, como siempre, la lucha no es por retener nuestras posesiones, ni siquiera nuestras vidas, sino evitar perder nuestras almas. En última instancia, esto es lo único que se requiere de nosotros.


Extractos del libro The System of Antichrist - Charles Upton (Sophia Perennis, 2001). Traducción de Joaquín Albaicín. 

https://cabalgandoaltigre.wordpress.com/2008/09/19/365/  (entrevista)

http://urizen1982.blogspot.com.es/2011/10/entrevista-charles-upton-autor-de-el.html (entrevista)


Guerreros y Amantes

Escrito por Desdelacienaga 03-03-2017 en Alegórica-mente. Comentarios (0)

Guerreros y Amantes

Dos guerreros en combate

Son uno sólo 

Si sus golpes

En sus ataques y defensas

Viajan, a través de sus cuerpos endurecidos

Hacía aquello que los separa.

Dos amantes que se aman

Son uno sólo

Si su entrega  

En sus cuidados y atenciones

Viajan, a través de sus pieles y almas adormecidas

Hacía aquello que los une.

Ambos

En el mismo campo de batalla

Ocupando distintos flancos

Enfrentan al mismo adversario

Y aman al mismo amigo .

Este mundo

Está en guerra

Y la paz no está en hacerla ni impedirla

Ni en provocarla ni apaciguarla

Sino en Serla.